chicas
a project by Laura Ortego
the project
During her residency at Secant Space, Laura Ortego will return to their project Chicas, a series of portraits of girls between childhood and adulthood that she began in 2012 in Argentina and continued in 2014 in Beijing, China. This time, the boundaries of the portrait will expand to incorporate into the work the process of making it, their own transition both physical and territorial and that of those who collaborate.
Laura first began coming to Asia in 2010. Since then, through her travels and projects, she has sought to decolonize her conceptions of the territories she visits and of her own. The protagonists of her works are usually women, gender-diverse people, and migrants. In addition to Chicas, she works on Juego de living, in which she invites women to choose an object to which they have some connection, lend it to the artist so she can photograph it, and tell her the story behind it. She also works on Visita, in which she visits “creators,” document their workspace, photograph their portraits, and ask them a question in the manner of a koan.
As in the Avatamsaka Sutra, where reality is seen as a network of jewels in which each one reflects all the others, each person who participates reshapes Laura Ortego’s map.
Karateca
A text by Laura Ortego
Cuando llegué a la residencia en el barrio de Çihangir, del lado europeo de Estambul, le propuse a Eléonore trabajar en una serie de retratos de chicas entre la infancia y la adultez que había empezado en 2012 en Argentina y que después continué en China. Mientras le mostraba las tomas anteriores le conté que, si bien a golpe de vista podrían parecer documentales, son puestas en escena en donde trato de controlar todos los detalles. La elección de las modelos en el fino borde entre una etapa y la otra, el plano americano, el vestuario tomado de su cotidianidad con unas leves modificaciones, el fondo casi pleno con algunos detalles pero no tantos, la luz envolvente, sin sombras duras. Ella escuchó mi relato con atención y al terminar me dijo que estaba de acuerdo, pero que también estuviera abierta a los imprevistos.
Una de las primeras noches Eléonore me contó que había nacido en un pueblo en el sur de Suiza, y que cuando tenía diez meses se mudó con sus padres a Milán. Vivió ahí hasta que tuvo 13 años, sus padres se separaron y ella regresó con su madre al pueblo entre las montañas donde ambas habían nacido. Fue un shock pasar de vivir en una gran ciudad como Milán a un pueblo donde su mamá era estigmatizada por haberse separado. Finalmente a los 18 se fue a vivir a otro lugar para estudiar en la universidad y sintió eso como un escape. También me contó que ya entonces llevaba un diario personal y me mostró algunas fotos de esa época. –Esta suena como ‘Smell like teen spirit' de Nirvana, le comenté sobre una de ellas, y le mostré una foto en blanco y negro de mi tía Alicia, también a sus 13 años, donde posa apuntando con la mirada a un espejo que tiene delante, mientras se acomoda el pelo.
Eléonore había sido invitada a participar de una residencia en China y a los pocos días se fue por tres semanas. Mientras tanto me dejó en contacto con su amiga Eda, mamá de una adolescente, que en forma artesanal iba a ayudarme con la búsqueda de modelos para mi proyecto. Además estaba en contacto con Orçun y Alkim, dos amigos que me había hecho en mis viajes anteriores a Estambul que trabajan en la industria del cine.
Pasé varios días tratando de acordar con Eda y el profesor de teatro de su hija trabajar juntos. Yo trataba de hacerlo de la manera más formal posible, ellos de una demasiado informal para mi gusto. La posibilidad de ponernos de acuerdo se resbalaba, hasta que dejé que se caiga. Alkim, quien se había mostrado extremadamente amable cuando nos conocimos, se esfumó argumentando que estaba en la pre producción de su primer largo. Orçun es director de fotografía y pensé que con un chasquido de dedos iba a contactarme con una agencia de casting, pero como ya había aprendido, el sentido común deja de funcionar cuando salís de tu hábitat, como la ley de gravedad cuando los astronautas salen de la atmósfera.
Entonces, empecé a mirar con cariño otro proyecto: una serie de objetos de mujeres y sus historias que había iniciado en 2004 con las de mi familia en la Patagonia, y que después había continuado en China y en Japón. Mientras tanto, trataba de cumplir una promesa que me había hecho a mi misma: estar atenta a lo que fuera surgiendo en el horizonte con la presencia de una karateca.
De a poco fui conociendo algunas mujeres que estaban dispuestas a participar. Fali sufrió primero el régimen represor iraní y después el caprichoso bombardeo de Trump sobre su país, lo que la llevó a auto refugiarse en Estambul. La vi en una fiesta, en una barra, entre un grupo de amigos que el anfitrión me señaló como iraníes escapados de su misma situación. Todos, incluída ella, llevaban el pelo corto e iban vestidos de negro. Cuando la noche terminaba ya me presentaba como su mejor amiga local. Al día siguiente nos encontramos en Antica, un café con librería en su barrio, en el lado asiático del estrecho del Bósforo. Fali me llevó una caja de madera usada donde guardaba sus pinturas para que la fotografiara, y a su vez me pidió que posara para bocetar un pequeño retrato que iba a incluir en una serie, junto con otros de amigos que se iba haciendo durante su exilio.
A la semana siguiente nos reencontramos en el mismo café y me presentó a Banafşhe, una compatriota suya que salta de país en país evitando Irán, llevando consigo el poema Esclavo de la luna de Rumi. Banafşhe me recitó el poema en persa y yo lo grabé con el celular. Después lo escribió sobre una hoja Canson. A las formas orgánicas de su alfabeto le sumó unas ramitas verdes, y me lo dio para que lo fotografiara. Finalmente todas nos retratamos: Fali, Banafşhe y la moza del café, una turca con el pelo teñido de rojo y las cejas dibujadas que se sumó.
A medida que avanzaba con el proyecto, sentía que la excusa de que me prestaran un objeto para fotografiarlo fuera de su contexto cotidiano y que me contaran su historia, era un pasadizo secreto que me llevaba al centro de sus vidas. De repente estaba en la cocina de Halice, la abuela de Ozman, sorbiendo un té áspero servido en vasitos pequeños y curvos, escuchando el sonido de sus voces, la de ella y las de sus hijas Selma y Leyla, con sus inflexiones. Zambullida en sus álbumes familiares, trataba de retener con el rabillo del ojo la luz que se iba moviendo en el ambiente con el paso de las horas, mientras ellas me relataban con entusiasmo el devenir de sus vidas. Eléonore escuchaba atenta y sorprendida la historia de la familia de su novio turco, haciendo malabares para, a su vez, traducirme. Sobre la mesa desfilaban delicias almibaradas. El ritual que todas compartíamos me dejaba irradiada de un halo de energía que iba decantando con el correr de los días.
En la residencia me sentía parte de un engranaje. Despertarme a las 7 con el aroma del café de Eléonore subiendo desde la cocina, bajar, ver entrar a Paul que volvía de correr y a Jeanette deslizándose por los muebles en busca del mejor punto de la casa donde retozar, me daban la calma que el nomadismo me había quitado. Afuera los minaretes de las mezquitas y el llamado a la oración cada cinco horas me hacían sentir que otros también buscaban la suya, entregándose a algo con la misma convicción con la que nosotros nos dedicábamos a nuestras cosas en el interior.
Unos pocos días antes de la muestra en la galería, discutimos con Eléonore sobre tamaños, papeles y posibles disposiciones para mostrar las fotos. Después desplegamos las imágenes de los objetos en la pared como en una zapada musical y dejamos que las historias que habíamos escuchado quedaran fuera de campo, aventurando mostrarlas en otra instancia.
“¿En un libro?”, sugirió Eléonore. “Quizás, cuando tenga más capítulos”, le respondí.